
Hay actores que interpretan personajes y hay quienes encuentran en ellos una forma de reconocerse. Para Alejandro Puente, cada nuevo papel llega como una invitación a explorar otras épocas, sensibilidades y formas de entender el mundo. Después de proyectos como Rebelde, Nadie nos va a extrañar y Prison Cell 211, su carrera continúa expandiéndose con personajes que lo han llevado de la adolescencia de los noventa al México revolucionario de Mal de Amores, mientras descubre nuevas maneras de contar historias detrás de la cámara.
En esta conversación, Alejandro habla sobre la humanidad como el hilo conductor de sus personajes, la valentía que implica amar y los límites que también existen dentro del amor. También reflexiona sobre su evolución como actor, su incursión en la producción y su deseo de construir historias junto a una nueva generación de creadores. Entre personajes, proyectos y distintas formas de crear, esta es una mirada a un artista que parece encontrarse justo al comienzo de un nuevo capítulo.
Has interpretado personajes muy distintos entre sí. ¿Qué tiene que suceder para que un personaje te haga decir: “Quiero contar esta historia”?
Tiene que ver con el momento en el que estoy en mi vida. Creo que los personajes son regalos para mí. Me escogen para contarlos y para contar su historia. Hay algo que, cuando los leo, me emociona. No logro nombrarlo, pero mientras estoy leyendo siento cosquillas en todo el cuerpo y pienso: “Hay algo aquí que necesito contar”. A veces puede ser el personaje, otras veces el equipo con el que voy a trabajar o la historia en sí.

Después de proyectos como Rebelde, Nadie nos va a extrañar y Prison Cell 211, ¿sientes que ha cambiado la manera en la que entiendes tu propia identidad como actor?
Sí, completamente. Siento que me conozco mejor, tanto profesional como personalmente. He estrenado proyectos con diferentes niveles de alcance y, mientras más me conozco como artista, más entiendo cómo vivo los estrenos y qué me sucede cuando estoy dentro de un proyecto. Eso puede ser complicado. Recibir mucha atención de un día para otro, pasar de cero a cien, siempre es algo extraño y a veces puede marear.
Ahora he construido una red de soporte a mi alrededor que me permite permanecer yo. Ser Alejandro, el actor, y Alejandro, la persona, todo el tiempo.
Hay algo muy vulnerable en interpretar a alguien que vive en una época, una realidad o una sensibilidad distinta a la propia. ¿Cómo encuentras ese puente de conexión con tus personajes?
Lo busco en mí mismo. Intento encontrar qué me acerca a ellos y, sobre todo, su humanidad. No me gusta pensarlos únicamente como personajes, aunque puedan estar escritos de una manera un poco arquetípica. Me interesa descubrir qué los hace humanos: qué les gusta, qué les da miedo, qué secretos tienen.
Desde ahí conecto mucho con ellos, porque eso trasciende todas las épocas. Nadie nos va a extrañar sucede en los noventa, Mal de Amores en 1910, después voy a estrenar una película ambientada en los ochenta y otra en los setenta. Viajar por todas esas épocas me ha enseñado que el hilo conductor siempre tiene que ser la humanidad. Es lo que atraviesa todo y desde ahí es desde donde construyo a mis personajes.
En Nadie nos va a extrañar, Rafa pertenece a una generación que está descubriendo el amor, la amistad y también sus propias contradicciones. ¿Qué encontraste en él que te resultara especialmente cercano?
En esta temporada pude conocer mucho más su complejidad. En la primera, Rafa llega para iluminar la vida de Alex y, poco a poco, comienza a construir su propia historia.
Una de las cosas que más me interesan de él es que descubre que no puede hacerlo todo por amor. Hay un punto en el que tiene que poner límites y dejar que los demás hagan su propio proceso. Eso es algo que también relaciono conmigo mismo. He aprendido cuáles son los límites que necesito tener a nivel personal. De hecho, fue algo que trabajé junto a Samuel Kishi, el director, y Silvana, la showrunner, para construir una parte de la historia de Rafa y darle esa contradicción.
Amar no es tan fácil. Requiere muchas otras cosas después de enamorarse.

¿Qué crees que fue lo más honesto de la serie y de la historia de Rafa?
En general, siento que la serie es honesta porque cuenta historias profundas, no solamente pinceladas. Habla de seres humanos.
Es muy chistoso ver en TikTok que ahora la gente usa stickers que dicen “me proyecto” y los ponen sobre distintos personajes: Rafa, Mariana, Daniela, todos. Eso tiene que ver con que no nos dio miedo mostrar los errores y las fallas de nuestros personajes. Rafa también se equivoca.
Eso es lo que hace que la historia sea honesta. No estamos creando personajes perfectos, estamos contando lo que significa ser joven, ya sea en los noventa o en 2026: intentar atravesar el proceso de crecer mientras buscamos ser buenas personas, aunque inevitablemente nos equivoquemos en el camino.
¿Hay alguna escena de Rafa que se haya quedado contigo después de todo lo que has vivido con el personaje?
Muchas. En la primera temporada, cuando Rafa llega y se presenta por primera vez en el primer episodio, tengo esa escena grabada en el corazón. Recuerdo perfectamente cómo se sintió filmarla.
En esta temporada recuerdo especialmente una fiesta en la que suena “Ni tú ni nadie”, de Alaska y Dinarama. Fue divertidísimo grabarla porque la canción sonaba una y otra vez mientras nosotros hacíamos la fiesta.
Y el último episodio también fue muy especial. Fue mi último día de filmación y la historia termina con la graduación de los chicos, el prom. Se sintió como una despedida para todos nosotros. No sabemos qué va a pasar con la serie, si habrá otra temporada o no, así que aprovechamos ese momento como una despedida. Era como si nosotros también nos estuviéramos graduando de una serie que nos ha visto crecer.
Ahora llegas a Mal de Amores como Salvador Cuenca, dentro de una historia situada en el México de 1910. ¿Qué fue lo primero que te interesó de este personaje?
Primero, que mi mamá me habló de este libro hace muchos años. Yo sabía que era uno de sus favoritos. Cuando Catalina Aguilar Mastretta me buscó para ofrecerme el personaje de Salvador Cuenca, lo primero que dije fue que sí, cien por ciento. Primero por mi mamá, porque sentí que quería ser parte de una historia que también pudiera regalarle a ella.
Además, recientemente me ha tocado contar historias sobre la valentía que requiere amar. Ser alguien que ama requiere valentía. Ser rebelde. Amar en serio, incluso en contra de cualquier regla o norma. Eso me prendió mucho de Mal de Amores.
Y también quería sentirme de época, usar un trajecito, estar entre caballos y vivir la Revolución mexicana. Todo me hizo decir que sí. No había ningún “no”.
A Catalina la conozco y la quiero muchísimo porque también dirigió el primer episodio de la primera temporada de Nadie nos va a extrañar. La amo a ella, a Ángeles Mastretta, a Renata Vaca y a todo el proyecto. Fue un sí rotundo.

La novela atraviesa temas como el amor, la libertad y las posibilidades de una mujer en una época marcada por enormes cambios. ¿Qué conversación contemporánea encontraste dentro de esta historia de época?
Muchas. Hay una que no me pertenece y que es una mera suposición mía sobre la protagonista de Mal de Amores: no sé si ella es tan monógama como creemos. Es algo que está un poco impreso dentro de la serie.
Pero, sobre todo, hay una conversación sobre una mujer anteponiendo sus sueños antes que todo lo demás. El sueño de la protagonista es la medicina y ser tomada en serio como mujer en un México en el que ni siquiera se consideraba la posibilidad de que una mujer pudiera ser médica.
Poder contar historias que todavía resuenan hoy me parece importante. Aunque hemos avanzado en ciertos aspectos, todavía hay mucho camino por recorrer, incluidos los derechos de las mujeres.
También están los distintos tipos de amor que existen entre clases sociales. Es uno de los temas que atraviesa Mal de Amores: cómo el amor puede convertirse en una fuerza de unión.
¿Cómo fue construir a Salvador dentro de un universo tan distinto al México que conocemos hoy?
Fue divertidísimo porque pude echar a volar la imaginación. Además, en México todavía tenemos muchos vestigios de lo que fue hace más de cien años.
Pude ir cerca de mi casa a conocer dónde fue el mitin de Madero, una de las figuras políticas de la época, y visitar distintos lugares relacionados con ese momento histórico. Eso me permitió sentir un poco el espacio y entender cómo era.
Y el diseño de producción que construyeron fue hermoso y enorme. Tampoco tenía que imaginar demasiado. Llegaba al set y el México de 1910 estaba ahí.
Trabajar con un material literario tan querido también implica enfrentarse a las expectativas de quienes ya conocen la historia. ¿Sentiste ese peso o preferiste dejarlo fuera para construir a tu personaje?
Para mí, lo importante es entender qué es lo que la gente ama de ese libro. Todas las experiencias son diferentes, así que no puedo enfocarme en lo que una persona dice sobre una historia para construirla, porque la experiencia de cada quien es distinta.
Lo que intento hacer es entender, desde el material original, cuál es el centro, el corazón de la historia. A partir de ahí, darle respeto y honor a todo lo que se ha construido a lo largo de los años alrededor de ese proyecto literario, y después dejarlo ir para construirlo y hacer lo nuestro.
Al final, eso es lo que estamos haciendo: contar nuestro propio punto de vista sobre esta historia.

Además de actuar, has ido construyendo una voz como director y creador. ¿Qué te atrae de tener una participación más amplia en el proceso de crear una historia?
A mí me emociona mucho contar historias. Mi acceso a eso siempre fue desde la actuación, pero, si me voy al origen, empecé a escribir obras de teatro en preparatoria para después actuarlas.
Empecé a producir, escribir y dirigir para poder actuar y contar historias que me sonaran a mí. Poco a poco he ido construyendo un grupo de personas con quienes creo, que creen en mí y con quienes puedo desarrollar historias que quizá todavía no he encontrado como actor.
Son historias que siento que necesito contar desde el corazón y que no estoy dispuesto a esperar a que lleguen a través de un personaje que alguien más me proponga. Cuando siento que algo se tiene que contar, me uno a mis amigos, lo escribimos, lo producimos y lo filmamos como sea.
¿Qué cambia en tu manera de mirar una historia cuando estás dirigiendo en lugar de interpretándola?
Mucho. Hubo momentos en los que me costaba trabajo hacer el cambio entre las dos. Una vez intenté hacer ambas cosas al mismo tiempo y fue muy duro. No lo vuelvo a hacer. Bueno, no por ahora.
Cuando estoy actuando, pienso en mi universo, en la cercanía de la historia que estoy contando. Cuando estoy dirigiendo tengo que pensar en todo lo demás.
Para mí, alguien que dirige tiene que ser un buen líder, alguien que sepa guiar a todos. Hay muchas cosas que entran en juego. Dirigir es acompañar a un equipo entero, respetar las voces de todos y saber elevarlas desde los lugares correctos para que, entre todos, se cuente una historia.
Como actor, para mí se trata de ser parte de ese equipo.
¿Hay algo que hayas aprendido de los directores con los que has trabajado y que ahora quieras incorporar a tu propia manera de producir?
Por ahora me interesa más producir. De hecho, estoy produciendo. Voy a estrenar pronto mi primera película como productor y protagonista. Las dos cosas al mismo tiempo.
Está basada en un libro argentino muy famoso, Los ojos del perro siberiano, y nosotros hicimos una adaptación situada en México en 1989 que se llama Tiempo de Jacarandas.
Es mi primer largometraje como productor y he aprendido de los directores con los que he trabajado que todos somos muy diferentes, que hay que saber escuchar y que hay que trabajar en equipo.
Samuel Kishi, el director de Nadie nos va a extrañar, tiene una creencia que me gusta mucho: el cine se hace entre todos. Aunque hay un capitán del barco, no existe una jerarquía impuesta. Las historias se cuentan mejor cuando todos entendemos que somos cocreadores.
Eso es lo que quiero implementar también, además de formas éticas de trabajar. Para mí, como productor, eso es lo más importante: trabajar de manera ética.
¿Te imaginas llegando a un punto donde la producción tenga el mismo peso que la actuación en tu carrera?
No lo sé. Me gustaría que pudieran balancearse, que las dos tuvieran el mismo peso y que pudiera escoger hacer varias en un año.
De hecho, honestamente, así ha sido el último año de mi vida laboral. He balanceado mis trabajos como actor y como productor, y ambos tienen para mí un peso similar.
Espero que, en algún momento, la producción también sea prolífica y no dependa solamente del autofinanciamiento.
¿Hay otro medio o disciplina artística que te gustaría explorar?
Sí. No sé si es el TDAH o qué, pero me gusta mantenerme estimulado. Me gustaría explorar distintos medios para contar historias.
Creo que hoy la tecnología y la inteligencia artificial pueden ser una barrera, pero también creo que, si sabemos utilizarlas de manera inteligente, pueden convertirse en nuevas formas de contar historias. No deberían contrarrestar las anteriores, quitar trabajos o cerrar oportunidades, sino generar nuevas posibilidades.
Todavía no sé exactamente cómo se ve eso que quiero explorar, pero me gustaría descubrirlo de la mano de otros artistas. Tengo varios proyectos que están en concepción como productor y guionista, en los que integro el mundo virtual de una manera distinta. Eso me emociona.
Para cerrar, si este momento de tu carrera fuera el comienzo de un nuevo capítulo, ¿cómo titularías esta etapa?
Ahora sí, vámonos con todo.

fotografia Diego Villagra Motta
estilismo Jose Juan Rizo
peinado John Yanez
diseñador de luz Peter Demas
locación: Instituto Cultural Helénico
chief creative officer Brian Calle
directora de moda Angelina Cantú
director digital Ricardo Diaz


